La edad ingrata
La edad ingrata —SÃ: unos pocos. Para mà ella fue la amabilidad personificada, de todos modos, entonces y posteriormente. Ahà estaba el encanto de las semanas en Malvern.
—Entiendo —dijo riéndose el joven—. El encanto provenÃa de que usted ya se habÃa recobrado.
—¡Cielos, no! —exclamó, más bien para su desconcierto, el señor Longdon—. Me temo que no me habÃa recobrado en absoluto… no habÃa superado, si a eso es a lo que se refiere, mi dolor y mi melancolÃa. Ella sabÃa que yo no los habÃa superado… y eso era lo amable de ella. Ella era una persona con quien yo podÃa hablar de ella.
Vanderbank tardó un instante en disipar la ambigüedad:
—¡Ah, quiere decir que ustedes dos podÃan hablar de la otra! Usted no habÃa superado lo de Lady Julia.
El señor Longdon le sonrió tristemente: