La edad ingrata
La edad ingrata —¡Y sigo sin haberlo superado! —Entonces, no obstante, como para no parecer demasiado desconsolado, hizo un esfuerzo por ser lúcido—: El primer batacazo fue duro… pero de ése uno siempre se recobra. La madre de usted, maravillosa mujer, supo ayudarme. Por aquella época Lady Julia era Ãntima amiga suya: fue la madre de usted quien nos presentó. No logró evitar lo que ocurrió luego; hizo lo que pudo. Lo que hace un instante quise decir es que, en épocas posteriores, cuando lo propiciaban las oportunidades, la madre de usted era la única persona con quien yo siempre podÃa hablar y que siempre comprendÃa. —El señor Longdon pareció sumirse un momento en aquellos hondos recuerdos para dar fe de los cuales sólo él habÃa sobrevivido; después exhaló un suspiro como si el sabor de todo aquello volviera a él con una lánguida dulzura—: Me parece que ambas se portaron bastante bien conmigo. Cuando aquella temporada en Malvern (el preciso periodo que le he mencionado hace poco), Lady Julia ya se habÃa casado y durante esos primeros años llevaba una vida demasiado ajetreada como para que nos tratáramos con asiduidad. Más tarde su vida fue remansándose; volvimos a vemos; frecuenté, durante mucho tiempo, su casa. Creo que más bien le gustaba el estado a que ella misma me habÃa reducido, aunque jamás, ¿sabe?, se aprovechó o presumió de ello en lo más mÃnimo. Cuanto mejor es una mujer (asà lo he pensado muchas veces), más le agrada, de un modo discreto, que algún individuo sufra, que se descorazone y desespere, con ella… por ella. Quiero decir que con seguridad, aunque Lady Julia insistÃa en que yo debÃa casarme, en el fondo no le habrÃa gustado mucho que lo hiciese. De todas maneras fue en aquellos años cuando contemplé a su hija empezar a dejar de ser una niña: la niña que con el tiempo se transformarÃa en la muy distinta persona con quien hemos cenado esta noche. Ello vuelve a mi memoria cuando lo oigo a usted hablar del crecimiento, a su vez, de la propia hija de dicha persona.