La edad ingrata
La edad ingrata —¡Lo comprendo con toda el alma! —respondió Vanderbank—. Se reproduce la misma situación.
—Oh, sólo parcialmente, no absolutamente. Los elementos que difieren… vaya, difieren tantÃsimo. —Por un instante, tras esto, el señor Longdon atalayó a su compañero con una mirada que delató uno de esos pequeños brincos inquietos de su pensamiento—. Hace un rato le dije que me parece discernir en usted algo.
—¿Algo que estaba destinado a mejores cosas? —Vanderbank recogió de buen talante sus palabras—. En mà hay algo, lo creo de veras…, destinado a cosas muchÃsimo mejores. Tal es el tipo de cosas con las cuales me gusta que se suponga que poseo una genuina afinidad. Ayúdeme a alcanzarlas, señor Longdon; ¡ayúdeme a alcanzarlas, y no sé qué no serÃa yo capaz de hacer por usted!
—¡Asà que, al fin y a la postre —y el anciano expuso su parecer con cándida agudeza—, usted no es irredimible!