La edad ingrata
La edad ingrata —Bueno, por lo que respecta a mà particularmente… ¿cómo expresárselo? Si le digo —siguió Vanderbank— que poseo esa especie de fulcro para la salvación que consiste en por lo menos una profunda autoconciencia y la ausencia de la más mÃnima pizca de autoengaño, semejaré estar diciendo que soy diferente del mundo en que me muevo y en la misma medida estar presentándome como superior y desdeñoso. De todas maneras concédame una oportunidad. Déjeme concederme una oportunidad a mà mismo. No me abandone. Averigüe qué puede hacerse conmigo. A fin de cuentas quizá tenga yo remedio. Desde luego pienso aferrarme a usted.
—Usted es demasiado inteligente, demasiado inteligente: ¡es el mismo problema de todos ustedes! —suspiró el señor Longdon.