La edad ingrata

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—¿De todos nosotros? —hizo de eco Vanderbank—. Querido señor Longdon, es la primera vez que escucho tal cosa. Si usted dijera el problema mío peculiar, algo de verdad podría haber en ello. Lo que usted quiere decir, de todas formas (ya veo adónde va usted a parar), es que somos gente fría y sarcástica y cínica, sin el menor resquicio de cariño o compasión. Creo que nos halaga aunque al mismo tiempo pretenda amonestamos; pero lo que en todo caso resulta extremadamente interesante es que, según colijo, durante esta velada le hemos causado, en un especial sentido, toda una impresión colectiva: algo en que se ven diluidas nuestras insignificantes disparidades personales. —Ante esto, el rostro de su visitante semejó decirle que estaba exponiendo el caso a la perfección, de suerte que él se sintió alentado a proseguir—: Hubo algo especial con que no se sintió enteramente complacido.

El señor Longdon, que, paladinamente, mudaba de color con facilidad, exhibió en su pálida mejilla los resultados simultáneos de sentir que habían puesto el dedo en su llaga y maravillarse ante la perspicacia de su compañero. Mas aceptó la situación:

—No pude menos que reparar en el tono de ustedes.

—¿Quiere decir en el hecho de que fuera un tono tan mezquino?


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