La edad ingrata
La edad ingrata El señor Longdon, que en un principio habÃa sonreÃdo, ahora se puso serio:
—¿De veras desea saberlo?
—¿Que si deseo saber la impresión que le causamos? Le aseguro que no hay nada, en este instante, que más desee yo saber.
—No soy ningún juez —reanudó la plática el anciano—; no soy ningún crÃtico; ni siquiera tengo facilidad de palabra. Soy anticuado y estrecho y romo. Durante años y más años he vivido en un pueblecito perdido. No soy un hombre de mundo.
Vanderbank lo escudriñó con una benevolencia, una cordialidad de aprobación, que literalmente precisó refrenar por miedo a parecer paternalista. Y dijo: