La edad ingrata

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—Ninguno de nosotros le llega a la altura del zapato. Es usted encantador, es usted maravilloso, y siento la más intensa curiosidad por escucharlo —insistió el joven—. ¿Somos absolutamente odiosos? —Notando el confuso, finalmente casi dolorido semblante de su amigo, tal aire de agradecer tanta sinceridad y de no obstante mirar con recelo tanta despreocupación, Vanderbank no pudo menos que proponerse suavizar el asunto y allanar el camino—: Ya ve que no tenemos la menor idea de adónde hemos ido a parar. Estamos perdidos… y usted viene y nos encuentra. —Mientras él hablaba, por fin el señor Longdon se había dispuesto realmente para marcharse, llegándose hasta la puerta con un estilo que denotó, empero, no tanto saturación cuanto una conciencia que en verdad se sentía demasiado turbada. Vanderbank lo había ayudado a ponerse la capa escocesa y por unos instantes lo retuvo asiéndola—: Sólo dígame una cosa, por gentileza. ¿Es que los del grupo nos dedicamos a charlar…?

—…¿demasiado audazmente? —murmuró especulativamente, con su clara mirada tan intocada por el paso del tiempo, el señor Longdon.

—Demasiado ultrajantemente. Quiero la verdad.

Para el señor Longdon evidentemente la verdad no era fácil de expresar:

—Pues… desde luego es una charla diferente.


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