La edad ingrata
La edad ingrata Precisamente el presente rato habría podido ser uno de ésos, habríamos inferido sin duda alguna, si hubiésemos visto plenamente reflejado en el rostro de Vanderbank el grado hasta el cual lo había turbado o al menos asombrado aquella pronta réplica. Pero era capaz de reírse en toda ocasión:
—¡Me hace gracia tu «ahora mismo en Londres»!