La edad ingrata
La edad ingrata —Pues —dijo Nanda con el más vivo interés— Aggie es un milagro. Si una pudiera ser ella exactamente, absolutamente, sin la más mÃnima disimilitud, probablemente lo mejor que una podrÃa hacer serÃa plegarse a ello. De lo contrario (en cualquier caso excepto ése), prefiero conservar mi propia personalidad consolidándola como el hierro descaradamente.
Ante esto, entre ellos se produjo un silencio de unos minutos, tras el cual probablemente ninguno de los dos habrÃa sabido decir si sus miradas se habÃan encontrado durante su transcurso. De todos modos tal no fue el caso mientras Vanderbank exclamaba finalmente:
—¡Tu hierro, mi querida señorita, es oro puro!
—Entonces es a mÃ, me da la impresión, a quien Harold deberÃa pedir prestado.
—Con eso, ¿quieres decir que el mÃo no lo es? —inquirió Vanderbank.
—Vaya, en realidad tú no tienes ningún «descaro» natural… no como algunos. Te sientes, en tu interior, tan incómodo, si se dice alguna barbaridad y todo el mundo suelta una risotada o hace muecas, como el señor Longdon, y si una vez Lord Petherton no me hubiese revelado que a un hombre le sienta casi tan mal como a una mujer ser considerado timorato, yo dirÃa que ahora mismo en Londres muchas veces debes de pasar muy malos ratos.