La edad ingrata

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—Es el tono y la corriente y el efecto de las demás personas que te rodean lo que te arrastra consigo —continuó ella como si no lo hubiese oído—. Si tales cosas son contagiosas, como dicen todos, acaso tú lo demuestras tanto como el que más. Pero nunca eres tú quien empieza —siguió delineando aquello para él bastante comprensivamente—, o por lo menos no fuiste tú quien dio el primer paso en los inicios. Ahora mismo cualquiera se daría cuenta de eso… gracias al aterrador efecto que observo que te produzco hablando de este modo. Helo ahí: sale a la superficie antes de que sea posible darse cuenta, ¿verdad?, y yo no puedo remediarlo más de lo que puedes tú, ¿a que no? —Así semejó planteárselo ella, con algo en su claridad que habría resultado infinitamente conmovedor: una rara, seria, serena conciencia del desdichado destino de ambos y de lo que en éste había de especialmente fatídico para ella misma. Lo cierto es que tras un momento él se puso en pie de un salto como si se hubiese sentido infinitamente conmovido; se dio la vuelta, andando cerca de ella unos cuantos pasos de aquí para allá, volvió a contemplar el lugar en su derredor, aunque esta vez sin pinta de verlo realmente, y luego regresó junto a ella como desde una distancia bastante mayor. Un observador mínimamente iniciado habría estado, en esta coyuntura, enteramente pendiente de los labios de él, y a decir verdad Vanderbank presentó toda la apariencia —aunque ésta duró tan sólo el tiempo que tardamos en describirla— de un hombre en suspenso acerca de sí mismo. El más iniciado de los observadores habría sido el pobre señor Longdon, quien enseguida habría estado destinado, empero, a resultar asimismo el más decepcionado y cuyo estar en vilo se habría cifrado en un reprimido «¡Oh, ojalá él lo haga ahora mismo!». Pues bien, Vanderbank no lo hizo «ahora mismo», y tal vez el largo, extraño, improcedente suspiro que exhaló habría bastado como testimonio de haberse zafado de un riesgo que había durado justo lo necesario para calibrarlo. Entretanto, ¿se había dado alguna calibración del mismo por parte de Nanda? Al menos no hubo nada que denotara ni la presencia ni la desaparición de ansiedad en el modo en que, merced a una rauda transición, ella permitió que su última interpelación a él se defendiera por sí sola sin mayor turbación—: No has desmentido que Harold pide prestado.


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