La edad ingrata
La edad ingrata Al hallarse en presencia de este terreno venturosamente más firme, Vanderbank hizo sonar una nota como de regocijo:
—Mi querida mujercita, yo nunca en mi vida le he prestado cinco libras al tontaina de tu hermano. De hecho, menuda forma tienes de aludir a eso. No sé muy bien por quién me tomas, pero el número de personas a quienes les he prestado cinco libras…
—…¿es tan minúsculo —recogió ella sus palabras— como para no decir demasiado en tu favor? —Ella lo cautivó un instante como con la penetrante comprensión que en esto habÃa habido de la intención de él, y luego, aunque no con brusquedad, espetó—: ¿Por qué tratas de hacerte pasar por antipático y tacaño? ¿Por qué falseas…?
—…¿mi natural generosidad? No falseo nada, pero soy, creo, inmensamente cuidadoso con el dinero. —Ella habÃa permanecido en su asiento y él estaba ante ella sobre la hierba con las manos en los bolsillos y una actitud quizá una pizca desmañada—. ¡Hay que ver cómo habláis de dinero vosotros los jóvenes!