La edad ingrata

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—Harold habla de dinero… pero creo que yo no. Yo no salgo nada cara; pregunta a mamá, o incluso pregunta a papá. Me las apaño con una nimiedad… para ropa y cosillas; y fácilmente podría apañármelas con todavía menos. Harold es un consumidor nato, como dice Mitchy; también dice que Harold es una de esas personas que nunca pasarán estrecheces.

—Huy, de eso se encargará el propio Mitchy.

—Pues entonces, con todo el mundo ayudándonos por todos lados, ¿no somos una bonita familia? No digo todo esto para poner a nadie al descubierto, pero es que cuando mencionas que has recibido carta de Harold se me pasan inmediatamente por la cabeza toda clase de cosas. Todos nosotros parecemos estar más o menos viviendo de otras personas, todos enormemente «en deuda». Claro que con facilidad puedes decir que yo soy la peor. Los niños y sus sirvientes, en Bognor, se hallan en habitaciones prestadas (mamá consiguió que se las facilitasen), respecto de lo cual, sin la menor duda, soy perfectamente consciente de que yo debería estar allí compartiéndolas, cuidando de mi hermanito y de mi hermanita, en vez de estar aquí sentada a expensas del señor Longdon divulgándolo todo y criticando. ¡Papá y mamá, en Escocia, están haciendo una gira por mansiones ajenas…! Bueno —se refrenó—, en todo caso yo no estoy haciendo eso. Digamos que sólo le has prestado cinco chelines a Harold —retomó la cuestión.


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