La edad ingrata

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Vanderbank permaneció de pie, sonriendo:

—Vale, digamos que lo he hecho. Jamás le presto un solo penique más a nadie.

—Eso no puede sino reforzar mi convencimiento —explicó Nanda— de que Harold manda cartas al señor Longdon.

—Pero si el señor Longdon no dice nada sobre ello… —objetó Vanderbank.

—Oh, eso no demuestra nada. —Ella se puso en pie mientras hablaba—. También Harold explota a la abuela. —Al principio él se limitó a lanzar una carcajada ante esto, pero ella continuó—: Pensarás que estoy caracterizándome como inauditamente perspicaz… quiero decir, en el sentido de saberlo todo sin necesidad de que me cuenten nada. Ésa es, como dices tú, la gran cualidad de mamá, luego debe ser hereditaria. Por lo demás, me da la impresión de que a servidora más bien le cuentan demasiadas cosas. Sólo que lo cierto es que el señor Longdon no ha dicho nada.

Ella había mirado en derredor con aire de responsabilidad, como para no dejar en desorden el rinconcito del jardín que habían estado ocupando, recogiendo un periódico y modificando la colocación de un cojín.


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