La edad ingrata
La edad ingrata —…¿se ha quitado de en medio para facilitarme las cosas? Pues entonces, como de costumbre, Van es sencillamente magnÃfico. ¿Cómo expresar la felicidad de hallarme a solas contigo en este armonioso recinto antiguo, esta beatitud nunca vista? Nada es más encantador que topamos súbitamente con algo intenso y nuevo después de haber creÃdo que ya nunca habrÃa nada más que nos estremeciese. Suponemos que ya hemos pasado por todo, que ya hemos exprimido hasta la última impresión del desengaño definitivo, penetrado hasta el último recoveco de la mayor de las sorpresas; y hete aquà que un buen dÃa caemos en la cuenta de que no le hemos hecho justicia a la vida. Hay cosillas que imprevistamente nos salen al encuentro y nos hacen volver a vibrar. Pensándolo bien, es infinito lo que puede suceder. Un sencillo lanzamiento de dados y durante tres minutos somos los ganadores. Éstos, mi querida señorita, son mis tres minutos. Te parecerÃa increÃble la satisfacción que extraigo de ellos, y ¿cómo podrÃa darte una idea aproximada? Aquà en esta estancia flota una tenue, divina fragancia antigua… ¿o es que no te llega? No habré vivido sin disfrutarla, aunque ahora me doy cuenta de haber estado convencido de que sÃ. Por tu parte, tú no habrás vivido sin cierto matiz de grandiosidad. Este momento es grandioso, y tú lo has ocasionado. Habrás sido grandiosa al sentir todo lo que puedes ocasionar. Por lo tanto —siguió Mitchy, deteniéndose nuevamente, conforme ambulaba, ante un retrato—, no lo estropearé todo con la groserÃa de desear que ojalá yo también poseyera una obra maestra de Cotman.