La edad ingrata

La edad ingrata

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—¿Has abandonado algo muy importante para acudir? —inquirió Nanda.

—En el mundo entero, hija mía, ¿qué hay que sea muy importante salvo la belleza de esta ocasión? No tengo ni la menor idea de qué abandoné al recibir la nota del señor Longdon. No me pidas un recuento de nada: todas las cosas se fueron al… se volvieron prescindibles. Sí diré esto en mi favor: siembro mi desconsideración, me olvido de las personas, con una facilidad que, durante intervalos, durante cortos periodos, por lo que a ellas atañe, me hace dejar de existir, así es que mi vida está profusamente punteada por estados transitorios en que soy como esos muertos de quienes sólo se habla bien. —Sonriéndole, había vuelto a aproximarse a ella—. He muerto para asistir a esto, Nanda.

—La única dificultad que advierto —repuso ella acto seguido— es que deberías casarte con una mujer realmente inteligente y no estoy segura de hasta qué punto lo es Aggie.

—¿Aggie? —hizo de eco su amigo con gran suavidad—. ¿Para eso has mandado llamarme: para hablar de Aggie?

—¿No se te ocurrió pensar que podía ser así?


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