La edad ingrata

La edad ingrata

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—¿Que no podía ser, quieres decir, para ninguna otra cosa? —Él buscó con la mirada el asiento al ocupar el cual expresaría una más profunda entrega a aquel escenario, después se dejó caer pesadamente en él con una hermosa sumisión rauda—: No tengo ni idea de lo que se me ocurrió pensar… por lo menos ninguna salvo la sensación de que a ti se te había ocurrido pensar en mí. Los pensamientos son arcilla en manos del alfarero. Haz conmigo lo que se te antoje.

—Sabes apreciarlo todo tan maravillosamente —dijo Nanda— que no te costará mucho trabajo apreciarla a ella. Me atenaza mi sueño de que tú puedes salvarla; y por eso no he sido capaz de esperar más.

—Lo único que me queda en la vida —respondió él— es cierta tendencia a cavilar qué me es factible hacer a fin de significar algo para ti; pero precisamente es una cavilación que tú puedes colaborar a aclarar. Por ejemplo podrías ofrecerme alguna garantía o prenda de que si consigo significar (gracias a mis cabriolas y caracoleos y espectaculares estampidas) nunca me relegarás a la insignificancia. Creo que no hay aventura en que no esté dispuesto a embarcarme por ti; pero aun así mi pasión (disciplinada, a causa de todo esto, depurada, espiritualizada) es lo bastante de este mundo como para no haber renunciado enteramente a la esperanza de alguna pequeña recompensa.


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