La edad ingrata
La edad ingrata —¿Cuán pequeña? —preguntó la muchacha. Ella habló como si sintiese que debía aceptar de él, por simple sentido de la equidad, al menos tanto como lo que ella iba a hacerlo aceptar, y la grave transigencia turbada que tal sentimiento infundió en su propio tono fue acogida por Mitchy con una razonabilidad deleitada que en nada fue camuflada por su afición a las hipérboles. Él se sonrojó de placer admitiendo plenamente que había algo que estaba dispuesto a negociar con ella, pero asegurando con cada uno de sus tenues sonidos que no había altura a que ella pudiera elevar la negociación adonde él no pudiera seguirla. En cada una de las entonaciones y gestos masculinos hubo, saltando de éstos a aquéllas y viceversa, una implicación de lo exquisito. ¡Oh, vaya si él podía estar a esa altura!
—Caray, me refiero a instituir un vínculo entre nosotros dos —contestó Mitchy—. Me refiero a que de alguna forma hagas que nos sintamos más unidos: que ambos sepamos alguna cosa que nadie más sepa. Me gustaría indescriptiblemente que compartieras un secreto conmigo.
—Oh, si eso es todo lo que deseas, resultas sencillo de satisfacer. Rien de plus facile, como dice mamá. Estoy repleta de secretos: creo que de veras soy de lo más secretista. Estoy dispuesta a compartir contigo casi cualquiera de ellos… es decir, suponiendo que sea uno que merezca la pena.