La edad ingrata
La edad ingrata Mitchy vaciló:
—¿Quieres decir que lo escogerás tú misma? ¿No permitirás que sea uno de los mÃos?
Nanda se extrañó:
—Pero ¿es que habrÃa alguna diferencia?
De un salto su compañero volvió a ponerse en pie y por un momento se adueñó del lugar:
—¡Cuando dices cosas asÃ, eres de una hermosura…! ¿Puede ser —preguntó deteniéndose ante ella— uno de los mÃos: uno absolutamente feo?
Ella exhibió el más vivo interés:
—Dado que estoy convencida de que los secretos más feos son los mejores… sÃ, desde luego.
—Me siento bochornosamente tentado. —Mas hizo una tregua; luego, volviendo a dejarse caer en su silla, dijo—: SerÃa demasiado horrible. Me temo que no soy capaz.
—En tal caso, ¿por qué no éste, tal como es?
—¿«Éste»? —Con la mirada él escudriñó la gran estancia acogedora—. ¿Cuál?
—Canastos, ¿para qué estás aqu�
—Mi querida amiga, estoy aquà (por encima de todo) para amarte más que nunca; y de eso está ausente cualquier fascinante misterio…
Ella lo miró como viendo lo que él querÃa decir y únicamente deseando ponerle remedio: