La edad ingrata
La edad ingrata —Hay cierta dosis de misterio que en este momento podemos crear… que de hecho me parece que debemos crear. Querido Mitchy —continuó casi con vehemencia—, creo que en realidad no podemos contarle esto a nadie.
Él se habÃa recostado en su asiento, ahora sin mirarla y con las manos, ayudadas por los apoyados codos, entrelazadas para mantenerse más tranquilo:
—¿Aún estás hablando de Aggie?
—¡Pero si apenas he empezado!
—¡Ah! —No fue irritación lo que él semejó expresar, sino la ligera tensión de un esfuerzo por adentrarse en el asunto. Para mejor fijar esa imagen, cerró los ojos un breve rato.