La edad ingrata
La edad ingrata —Hablas de algo que nos haga sentimos más unidos, y yo sencillamente respondo que si no sientes cuán juntos estamos ya en esto, creo que no podrás sentirlo jamás. Debes de tener una noción exagerada —siguió a continuación— de lo que es un estado ideal de unión. Los despacho fuera a todos por ti: me deshago de cualquier cosa que pueda interferir, y no me importa en absoluto que te enteres de que me parecen preciosas las consecuencias. Tú podrás hablar, si quieres, de lo que aquà pase entre nosotros pero, lo que es yo, nunca se lo mencionaré a persona alguna: literalmente a ningún bicho viviente. ¿Qué más quieres? —Él abrió los ojos en deferencia a esta pregunta, pero respondió solamente con una mirada fija tan desprovista de todo acompañamiento como si se hubiese efectuado a través de un agujero en una cortina—. Afirmas estar dispuesto a cualquier aventura, y precisamente es una aventura lo que te propongo. Si pudiera hacer que sintieras tú mismo tal como yo siento por ti la belleza de tu oportunidad de intervenir para salvar a Aggie…
—¿Qué pasarÃa si pudieras? —espetó Mitchy por fin—. No creo, ¿sabes? —dijo, pasado un momento—, que vaya a serte fácil conjugar todos los factores del caso.
Ella reflexionó un rato más prolongado; por último declaró: