La edad ingrata
La edad ingrata —Uno de esos factores eres tú, de modo que jugarás a mi favor. Si te pongo en juego de una forma eficaz…
—…¿te sentarás tan campante y te limitarás a verme obrar? ¡Muchas gracias! ¿Esa será mi recompensa?
Ante esto Nanda se levantó de su sofá como con un impulso de protesta:
—¿Te importará un rábano mi agradecimiento, mi admiración?
—Claro que no —pareció decir Mitchy para sà mismo—. Eso sà me parecerá sustancioso. Lo que no acabo de entender, ¿sabes?, es qué le debes a Aggie. ¡No es como si…! —Pero aquà titubeó.
—…¿como si ella me amara especialmente a mÃ? Oh, eso no influye para nada en la cuestión: eso es algo sin lo cual es perfectamente posible ser una bellÃsima persona. Hay personas admirables, absolutamente admirables, que no me aman. Lo que es importante para uno es lo que uno contempla por su cuenta, y es más que bastante si yo contemplo lo que puede hacerse por esa chiquilla. ¡Cásate con ella, Mitchy, y ya verás a quién amará más que a nadie!
Mitchy conservó su postura: ahora mismo era él —habÃa sido vuelta del revés su descripción de hacÃa un instante— quien parecÃa estar sentado tan campante y limitarse a ver obrar.