La edad ingrata
La edad ingrata —¡Es indescriptiblemente maravilloso —exclamó— que me pidas cualquier cosa, sea la que fuere!
—Pues entonces, como yo digo, sálvala hermosa y munÃficamente.
—Como tú digas, conforme. —Él inclinó la cabeza dulcemente—. Pero sin que hayas logrado hacerme comprender qué entiendes exactamente por eso.
—ImpÃdele —contestó Nanda— volverse como la duquesa.
—Pero si ni de lejos se parece a la duquesa en ningún aspecto. Aggie es una criatura completamente distinta.
Sólo durante un instante, empero, pareció hacer efecto aquella objeción.
—Precisamente por eso será tan perfecta para ti —dijo la muchacha—. La alejarás, la sacarás fuera de la vida de su tÃa.
Ahora Mitchy acogió todo aquello con una especie de inmovilidad fascinada:
—¿Qué sabes tú sobre la vida de su tÃa?
—¡Oh, yo lo sé todo! —Ella habló con su primer tenue matiz de impaciencia.
Por unos instantes esto produjo entre ellos un silencio, al término del cual su compañero dijo con extraordinaria gentileza y ternura: