La edad ingrata
La edad ingrata Al abrirle la puerta, el lacayo masculló su nombre sin excesiva convicción, y Vanderbank, pasando adentro, se encontró efectivamente —pues ya había advertido los síntomas— en solitaria posesión de las sillas y mesas, las encendidas lámparas y las flores. Consultó su reloj, que marcaba exactamente las ocho, y luego se dio la vuelta para hablar otra vez con el criado, quien empero, sin otro sonido y como avergonzándose en nombre de la casa, ya le había cerrado la retirada. En realidad no había nada que no ofreciera una bienvenida excepto la falta de puntualidad de la señora Grendon: el salón de esta dama, en la noche de enero, mostraba su elegancia gracias a un baño de electricidad rosada que se entremezclaba, al fondo de la perspectiva, con el resplandor tenuemente dorado de un retiro aún más sacrosanto. Tras un instante Vanderbank se dirigió hacia esta segunda habitación, que asimismo resultó estar deshabitada y que tenía sus pequeños globos incandescentes —discretamente limitados en número— revestidos de seda de color amarillo limón. Las paredes, cubiertas de delicadas molduras francesas, eran tan fúlgidas que parecían vagamente argénteas; en la baja chimenea francesa ardía un fuego francés. Había paño de color amarillo limón sobre el sofá y las sillas, una maravillosa labor de encerado en el suelo que en su mayor parte estaba desguarnecido y un ejemplar de una novela francesa forrado con papel azul sobre una de las mesas de patas finas. Vanderbank miró unos instantes en derredor como impresionado por el ambiente general, después se concentró en algo que le había llamado la atención en particular. Sencillamente se trataba de su propio nombre escrito en letras bastante grandes sobre el forro del libro francés y dotado, tras haber asido él el volumen, del poder de atraer su interés más intensamente cuanto más lo miraba. Farfulló, con misterioso propósito, antes de olvidarse del asunto, un discreto sonido inarticulado; tras lo cual, arrojando el libro en otro sitio con cierto énfasis, se desplazó hasta la repisa de la chimenea, junto a la cual por unos instantes sus ojos escudriñaron absortos el pequeño y cenizoso fuego de leños. Cuando volvió a alzarlos fue, al reparar en que andaba mal el hermoso reloj de la repisa, para tornar a consultar su propio reloj y luego echar un vistazo, en el espejo sobre la chimenea, al estado de su bigote, cuyas puntas retorció con el debido cuidado durante un momento. Mientras estaba así atareado, se percató de algo distinto y, volviéndose rápidamente, reconoció en el umbral de la habitación a la otra figura que el espejo acababa de reflejar: