La edad ingrata
La edad ingrata —Ah, ¿eres tú? —dijo, con un raudo apretón de manos—. ¿Ya ha bajado la señora Grendon? —Pero Vanderbank ya habÃa regresado en compañÃa de Nanda, mientras la saludaba, a la primera habitación, donde no estaban presentes más que ellos mismos, y Nanda habÃa mencionado que creÃa que Tishy habÃa dicho las ocho y cuarto, lo cual naturalmente significaba cualquier cosa que uno quisiera—. Huy, en ese caso no habrá nadie aquà hasta las nueve. Supongo que no examiné suficientemente mi invitación; la cual no me comunicaba, por cierto —agregó Vanderbank—, que tú ibas a estar presente.
—Ah, pero ¿por qué tenÃa que comunicártelo? —exclamó inocentemente la muchacha. Habló nuevamente, empero, antes de que él pudiera responder—: Yo dirÃa que Tishy, cuando te escribió, aún no lo sabÃa.
—¿No sabÃa que yo iba a encontrarte acechándome? —preguntó riendo Vanderbank—. Es estupendo de todas formas, gracias a mi despiste, disfrutar asà de un rato a solas contigo. ¿Has venido como avanzadilla de tu madre?
—Oh, no: estoy alojada aquÃ.
—¡Ah! —dijo Vanderbank.
—El señor Longdon se ha venido a Londres conmigo; yo me dirigà aquÃ, el pasado viernes, directamente desde la estación.