La edad ingrata

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—¿Os despedisteis a la puerta de esta casa? —preguntó él con señalado humorismo.

Ella reflexionó un momento: se mostraba más seria.

—Sí —dijo—, pero sólo por un día o dos. Va a presentarse aquí esta noche.

—Bien. ¡Qué grata sorpresa!

—Se alegrará de verte —dijo Nanda, mirando las flores.

—Es rematadamente amable por su parte, cuando yo he sido tan grosero.

—¿Qué es eso de tan grosero?

—Pues no haberle escrito… no haber vuelto de visita.

—Ah, entiendo —dijo Nanda sencillamente.

Fue ésta una sencillez que, con gran evidencia, puso un tanto incómodo a su amigo:

—¿Él se ha… er… molestado? ¡Pero no es posible que se haya quejado! —agregó velozmente.

—Oh, él nunca se queja.

—Desde luego que no: eso no entra en su forma de ser. Pero es precisamente eso —dijo Vanderbank— lo que hace que uno se sienta tan miserable. He estado ferozmente ocupado.

—Él lo sabe… y le agrada —repuso Nanda—. Lo encanta tu laboriosidad. Y yo me he ocupado de él en toda la medida de mis posibilidades.


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