La edad ingrata
La edad ingrata —Oh —dijo su compañero—, es obvio que lo has reconciliado. Quiero decir con esta dama.
—¿Con Tishy? Oh, por supuesto no puedo abandonarla… en compañÃa de nadie.
—En efecto —se puso jocoso Vanderbank otra vez—, eso es un requisito de Londres: no se puede dejar a nadie en compañÃa de nadie… expuesto a todos.
Por bienintencionado que fuese el chiste, empero, Nanda no lo cogió:
—El señor Grendon no está aquà —dijo.
—Muy bien, y ¿dónde está?
—De excursión en yate… pero ella no está segura.
—Entonces, ¿sois sólo tú y ella quienes habéis organizado esto juntas?
—Vaya —dijo Nanda—, ella está horriblemente atemorizada.
—Oh, ella no deberÃa —repuso él— tomárselo a la tremenda. A propósito, ¿va a presentarse tu madre?
—SÃ, y papá. En realidad toda esta reunión es por Mitchy y Aggie —continuó la muchacha— antes de que partan rumbo al extranjero.
—¡Ah, entonces ya entiendo por qué te has venido a Londres! Tishy y yo no somos la causa. Lo haces todo por Mitchy.