La edad ingrata

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IV

La señora Brookenham se detuvo en el umbral debido a la aguda sorpresa de ver a su hijo, y se advirtió decepción, aunque de una índole afligida más bien que irritada, en la pregunta que, avanzando con lentitud, le asestó:

—Si aún estás ahí arrellanado, ¿por qué hace dos horas me dijiste que te marchabas inmediatamente?

Hundido en un amplio sillón cubierto de brocado, con sus cortas piernas extendidas hacia la chimenea, él se hallaba tan cómodo que casi estaba tumbado a la bartola. Obviamente ella lo había despertado de su sueño, y él tardó un par de minutos —durante los cuales, sin tomar a mirarlo, ella se aproximó derechamente a un hermoso y antiguo escritorio francés, bello mueble estilo Luis XVI— en explicar su permanencia:

—Cambié de parecer: no pude iniciar mi partida.

—¿Quieres decir que no vas a ir allá?

—Pues estoy pensándomelo. ¿Qué puede hacer servidor? —Él se incorporó levemente, mirando hacia el fuego con concienzuda solemnidad, y si ello hubiese sido (tal como no lo era) uno de los disgustos que en general ella esperaba de él, ella habría podido tener la impresión de que el colorado semblante de su hijo se debía a ardores etílicos.


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