La edad ingrata

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—Servidor podría no quedarse a estorbar —respondió ella— cuando tan profundamente le ha permitido a una hacerse la ilusión de que así iba a ser. —Había un manojo de llaves colgando de la cerradura del escritorio, de las cuales tomó posesión la señora Brookenham mientras pronunciaba estas palabras. Su aire de contemplarlas se había transformado prontamente en el de haber estado buscándolas, y un instante después de que hubiera atravesado la habitación ya estaban en su bolsillo—. Si no vas ahí, ¿qué excusa piensas dar?

—¿Quieres decir qué excusa te pienso dar, mamá?

Ella estaba delante de él, y ahora lo miró sombríamente:

—¿Qué te ocurre? ¡Vaya momento más oportuno para descabezar un sueñecito!

Él se había replegado en el sillón, desde cuyas profundidades enfrentó la mirada materna:

—Caramba, es precisamente el momento oportuno, mamá; lo he hecho a sabiendas. Yo siempre logro dormirme cuando lo deseo. ¡Te aseguro que eso lo ayuda a uno a ver más claras las cosas!


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