La edad ingrata
La edad ingrata Ella le volvió la espalda con impaciencia y, echando un vistazo por la habitación, sobre una mesita del mismo estilo que el escritorio reparó en un libro un tanto masivo con la etiqueta de una biblioteca circulante, que ella procedió a coger como si buscara refugiarse de la impresión que le había producido su hijo. Él la observó hacer esto y luego la observó hacer una breve pausa ante la amplia ventana que, en Buckingham Crescent, dominaba la perspectiva para cuyo disfrute la familia se había ramificado por los cuartos que daban a la parte posterior: una mezcolanza de ahumado ladrillo y manchado estuco, de otras desnudas fachadas traseras, de cristales envidiablemente opacos, de tejados y contaminantes chimeneas y establos perversamente próximos: uno de esos panoramas privados que en Londres, en contadas ocasiones, disparan, como suele decirse, el alquiler. En este momento, empero, no había indicios de valía en el carácter que le era conferido al escenario por la fría lluvia primaveral. Además, en el lugar se echaba de ver un notorio vacío típico de final de temporada. Ella parecía haber escogido el silencio para que constituyera el presente marchamo de su relación con Harold, y sin embargo pronto fracasó en su empeño por resistirse a una bastante pobre razón para romperlo:
—Ten la bondad de levantarte de mi sillón.
—¿Qué estás dispuesta a hacer por mí —preguntó él— si te complazco?