La edad ingrata

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XXIX

Él la obedeció maquinalmente, si bien dio la casualidad de que ello le prestó el aire de haber interpretado la aproximación de la señora Brook como una indicación para que volviera a tomar asiento. Esta última se llegó hasta ellos, Vanderbank la siguió, y fue sin haberse movido nuevamente —alzando la mirada levemente boquiabierto, de hecho, desde su sitio— como el señor Longdon acogió, mientras ella se erguía ante él, un requerimiento de una índole capaz de iluminar lo que acababa de decir la duquesa.

—¿Por qué me odia usted tanto?

Vanderbank, que, al lado de la señora Brook, lo miró con atención, muy bien pudo barruntar que el anciano se había puesto algo pálido; si bien ni siquiera Vanderbank, quien tenía razones particulares para observar las más diminutas sutilezas, habría atinado a percibir en el hecho la sombría visión privada que lo habría explicado: la llamarada de temor ante cómo iba por fin a revelarse asaz extraña y disímilmente, fuese como hija o como madre, la señora Brook.



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