La edad ingrata

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—Es mi deber advertirle, señor —sugirió el joven—, que los del grupo consideramos eso (en Buckingham Crescent indudablemente) una pregunta capciosa. No es jugar limpio: es un golpe bajo. Nosotros odiamos y amamos (en especial lo segundo), pero revelamos mutuamente el porqué es infringir esa pequeña regla tácita de enteramos por nuestra cuenta que es la amenidad de nuestras vidas y el origen de nuestros triunfos. Puede usted contestar, eso sí, si le apetece, pero no está obligado.

El señor Longdon le aplicó a él algo de ese mismo escrutinio impersonal, manifiestamente mirándolo con mayor intensidad que nunca y sin duda hallando asimismo en sus ojos una conciencia más saturada. A renglón seguido se levantó, pero, sin responderle a Vanderbank, tomó a atalayar a la señora Brook, de la cual se hizo eco con inexpresividad:

—¿Odiarte?

Al siguiente instante, mientras él seguía de pie lo mismo que Vanderbank, la señora Brook ya estaba aclarándole el significado desde la esquina almohadillada que él mismo acababa de abandonar:

—Caramba, cuando usted regresa a la capital, se viene directamente, por así decirlo, aquí.

—Huy, ¿qué es eso —preguntó la duquesa a beneficio de él— sino mantenerse bien pegado a Nanda o en todo caso llevarse bien con ella?


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