La edad ingrata
La edad ingrata Empero la señora Brook no tuvo oÃdos para aquel alegato:
—¡Y cuando yo, acudiendo aquà también y pensando sólo en mi oportunidad de «encontrarme» con usted, hago maravillas para captar su atención, usted está totalmente entregado…!
—…¡a intentar, como es lógico —atajó de nuevo la duquesa—, llevarse bien conmigo!
Ahora la señora Brook tuvo una sonrisa para ella:
—Ah, pues entonces eso exige precauciones que a lo mejor yo incumplo si interrumpo demasiado vuestra charla.
—¿A que se muestra de lo más simpática conmigo —le preguntó la duquesa al señor Longdon— cuando lo que yo estaba haciendo era ponerla por las nubes?
La respuesta de su interlocutor no fue lo bastante rápida para anticiparse a la de la propia señora Brook:
—Mi querida Jane, eso sólo demuestra que el señor Longdon habÃa llegado hasta algún extremo en la dirección opuesta que por simple decencia tú debÃas contrapesar. Probablemente la verdad se halla en el «término medio» (¿no es asà como se lo denomina?) entre vosotros dos. Ahora no te lleves tú al señor Longdon —siguió para Vanderbank, quien habÃa escudriñado en derredor a la búsqueda de algún mejor acomodo.