La edad ingrata
La edad ingrata Inmediatamente Vanderbank arrimó la silla más próxima, la cual fortuitamente estaba del lado que la duquesa ocupaba en el sofá, y dijo:
—¿Quiere sentarse aquÃ, señor?
—Si usted se queda para protegerme.
—A decir verdad es para eso para lo que se lo he traÃdo hasta aquà a usted —dijo la señora Brook mientras el señor Longdon ocupaba el asiento y Vanderbank partÃa a buscar otra silla—. Pero no sabÃa —comentó con su suave curiosidad desprejuiciada— que él lo llamase «señor». —Muchas veces ella hacÃa descubrimientos regocijadamente infantiles—. Lo ha hecho dos veces.
—¿No es eso únicamente vuestro inevitable asombro inglés —requirió la duquesa— ante la amabilidad más común y corriente en otras sociedades?… ¡de suerte que una se viene aquà para hallarla considerada, en cuestión de etiqueta, el no va más!
—Oh —observó el señor Longdon—, es un tratamiento de cortesÃa que a mà mismo también me gusta mucho aplicarles a los demás.
—Aquà yo siempre pregunto —siguió la duquesa para él— qué palabra suele usarse en vez de ésa. Y ¿sabe lo que me contestan?
La señora Brook recapacitó; enseguida nuevamente, antes de que pudiera hablar él, sugirió con gran encanto: