La edad ingrata

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—¿Nuestras galantes maneras? —Rápidamente preguntó asimismo al señor Longdon—: ¿Es eso lo que usted echa de menos en mí?

Sin embargo él recapacitó más que la señora Brook:

—¿Vuestras «galantes maneras»?

—Caramba, esas antiguas y espléndidas ceremoniosidades en las que la duquesa es tan maestra. —Tras esto la señora Brook tuvo una de sus visiones más ansiosas—: ¿A usted mamá lo llamaba «señor»? ¿Debería hacerlo yo? ¿Realmente consigue usted que, en privado, lo haga Nanda? Ella es de tan exagerada discreción —explicó para la duquesa y para Vanderbank, quien había regresado con su silla— que se trata justamente del tipo de detalle ilustrativo que por nada del mundo me revelaría.

El señor Longdon se estiró para hablarle a Van, situado ahora, tras haber estado unos momentos de charla con Tishy a la vista de todos ellos, junto al brazo del sofá correspondiente a la señora Brook:

—Usted no me ha protegido… sino que me ha abandonado a la intemperie.

—Oh, no hay diversión sin riesgo… —recogió con brío sus palabras la señora Brook—. Tal vez incluso debería decirse que no hay riesgo sin diversión.


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