La edad ingrata

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La mirada de Vanderbank había seguido a la señora Grendon tras su breve coloquio con ésta, finiquitado por alguna solicitación de la desanimada presencia de la anfitriona en el extremo opuesto de la estancia.

—¿Qué dirías entonces, siguiendo esa teoría —inquirió el joven—, de la extraordinaria lobreguez de nuestra anfitriona? Su ausencia de peligro, por regla de tres, debe ser descomunal.

Esta vez la duquesa fue la primera en comprender de qué se hablaba:

—Precisamente la expresión del semblante de Tishy proviene de que nosotros la hayamos comparado tan desfavorablemente con su pobre hermana Carrie, quien, aunque esta noche no haya venido aquí junto con los Cashmore (¡si bien ya es bastante pasmosa incluso sin eso!), con gran frecuencia nos ha demostrado que al fin y al cabo una âme en peine, constantemente flaqueando pero, según nos asevera Nanda, generalmente remontándose, puede ofrecer una pinta tan beatífica como una muñeca holandesa.

Mientras Tishy se desplazaba, la mirada de la señora Brook había descrito la misma trayectoria que la de Vanderbank, a quien, por lo demás, visiblemente ella no había dejado de observar mientras la pareja había estado charlando.


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