La edad ingrata

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—Ah, está usted desintonizada, duquesa —dijo Vanderbank—. Antaño marchábamos todos acompasados como un solo hombre, pero ahora estamos haciéndonos añicos. Todo ello, descontada la presencia de usted, por culpa del casamiento de Mitchy.

—¡Oh —convino la señora Brook—, cuán absolutamente estoy de acuerdo con eso! Ya lo preveía yo. El hechizo se ha roto; el arpa ha perdido una cuerda. Nosotros ya no somos lo mismo. Él ya no es lo mismo.

—Con franqueza, querida —replicó la duquesa—, tampoco me parece que personalmente tú sigas siendo lo mismo.

—Huy, en cuanto a eso (que es lo que menos importa), quizá tendremos ocasión de comprobarlo. —Tras lo cual la señora Brook volvió a dirigirse al señor Longdon—: Todavía no le he explicado a qué me refería hace un rato. Le exigimos a Nanda.

El señor Longdon se quedó mirando pasmado:

—¿De vuelta en casa?

—En su querido rinconcito. Debe usted restituírnosla.

—¿Para siempre, quieres decir?

—Ah, en cierto modo eso dependerá de usted. Pero a efectos prácticos usted la ha acaparado estos cinco meses, y, sin el menor deseo de ser irrazonables, no obstante albergamos nuestros naturales sentimientos.


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