La edad ingrata

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Este intercambio, al que de alguna manera las circunstancias confirieron un fuerte efecto de sorpresa y rareza, fue atendido por los otros en un rápido silencio que fue como la sensación de una ráfaga de aire frío, aunque con la disparidad, en lo referido a los espectadores, de que Vanderbank clavó intensamente la mirada en la señora Brook mientras que la duquesa escrutó no menos fijamente al señor Longdon, a quien claramente le dio a entender que si hacía un rato él mismo se había preguntado cómo la señora Brook podría influir, ahora podía darse por más que contestado. Lo cierto es que el señor Longdon se entregó, tras las últimas palabras de esta dama, a una pausa que muy bien pudo implicar algo de la plenitud de una nueva luz. Se contentó con decir con gran serenidad:

—Creía que ello os gustaba.

Ante esto su más cercana contertulia espetó:

—¿Que usted se haga cargo de la muchacha? ¡Les gusta! —La duquesa, mientras hablaba, se percató de la aproximación de Edward Brookenham, quien al cabo de unos instantes ya había entrado procedente de la otra habitación; y la energía del carácter femenino se manifestó súbitamente en la rauda señal que la duquesa le hizo a aquél—. Edward se lo confirmará a usted. —Edward ya estaba ante el semicírculo formado por ellos—. ¿Exigís, querido —lo interpeló—, que Nanda vuelva de su estancia con el señor Longdon?


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