La edad ingrata

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XXX

Aquella respuesta tuvo un éxito clamoroso, al cual difícilmente más tarde habría podido negarse con rotundidad que contribuyó en cierto grado algún sonido de diversión emanado incluso del propio señor Longdon. Cierto es que la señora Brook halló, al exclamar que su marido era siempre tan exageradamente gentil, la nota más adecuada de resignada armonía; a consecuencia de lo cual por unos instantes éste les presentó bastante perplejamente lívido su fino rostro:

—«Gentil» es precisamente lo que yo creía no ser. Me refiero, ¿sabe usted? —continuó para el señor Longdon—, a que de veras no debe esperar de nosotros que lo dispensemos…

—…¿de una sola semana o día —recogió sus palabras el señor Longdon— del plazo a que consideran que me he comprometido? Mi querido señor, por favor no se figure que la duquesa lo ha interpelado en mi nombre.

—Ha sido por causa de tu esposa, delicioso tontorrón —aclaró aquella dama—. Si lo que deseabas era ser duro con nuestro amigo aquí presente, en realidad lo has sido con ella; lo cual proviene, sin duda, de la ausencia entre vosotros de una apropiada acción concertada de antemano. Has hablado a destiempo.

—¡Ah! —dijo Edward Brookenham.


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