La edad ingrata
La edad ingrata —Asà es, Jane. —La señora Brook continuó encajando aquello admirablemente—. Hoy nos vestimos a todo correr y no dispusimos de tiempo para nuestro habitual ensayo. Los dÃas en que cenamos fuera, generalmente Edward lleva preparados tres pañuelos de bolsillo y seis chistes. Yo dejo a su propio arbitrio la gerencia de los pañuelos, pero la mayorÃa de las veces procuramos diseñar juntos por anticipado una estrategia para las demás cuestiones. Lo que se supone que ha de darle pie es algún encantador comentario humorÃstico de mi cosecha.
—¡Sólo que a veces él confunde —la acorrió Vanderbank— tus humorismos y tus seriedades!
Vanderbank se habÃa levantado para dejarle el sitio a su anfitrión de tantas ocasiones y, habiéndolo obligado a aceptar la silla abandonada, ahora se retiró distraÃdamente hacia el rincón de la estancia ocupado por Nanda y el señor Cashmore.
—Todo eso está muy bien —reanudó la plática la duquesa—, pero no te absuelve en modo alguno, cara mia, del delito de plantear como una sentida necesidad familiar algo a lo cual Edward aparece profundamente insensible. Tu marido ha señalado con precisión la verdadera conveniencia de Nanda. A él le importa un bledo la impresión que causarÃais exigiéndola.