La edad ingrata
La edad ingrata —¿No querrás decir más bien, Jane, la impresión que causamos no exigiéndola? —inquirió la señora Brook con un distanciamiento ahora total—. Por supuesto, querido y viejo amigo —continuó para el señor Longdon—, prácticamente la duquesa me pone entre la espada y la pared cuando lo ayuda a ver (pues de otro modo usted no lo habrÃa sospechado) que Edward y yo actuamos de consuno para aparecer como padres modélicos y al mismo tiempo no dejar de obtener de usted todo lo posible. Yo encarno el aspecto sentimental y él el práctico; de tal guisa que, de uno y otro modo, nos engalanamos con la gloria de nuestro sacrificio sin descuidar el «mantenimiento» de nuestra hija. A usted esto debe parecerle otra edificante ilustración de adónde han ido a parar las maneras londinenses; ¡a menos que de hecho —siguió parlando la señora Brook— se le antoje más bien (y hasta un grado que lo ciegue ante sus otras posibles implicaciones) la prueba definitiva de que soy demasiado tortuosa como para que usted sepa qué me propongo de veras!
El señor Longdon la habÃa encarado, durante el silencio que habÃa estado guardando, con su anterior terror ahora emblematizado únicamente por un rubor tan persistente que habrÃa podido constituir un espontáneo elogio a una escena brillante.