La edad ingrata
La edad ingrata —No tengo ni la más remota idea de qué te propones de veras —dijo—. Pero por favor entérate —agregó— de que es falso que me niegue a concederte la media hora a solas a que te referiste hace un rato.
—¿Realmente está usted deseoso de tener como invitada a la chiquilla durante el resto del año? —requirió plácidamente Edward, hablando como si fuera enteramente inconsciente de que se hubiera dicho ninguna otra cosa.
Su esposa le clavó la mirada:
—El ingenio de tus acompañantes, querido, corta los aires como un rayo, pero pasa junto a tu cocorota únicamente, por fortuna, para dejarla sin un rasguño. Pese a todo, a fin de cuentas posees tu propia rara ironÃa, y no estoy segura de que destello alguno de la nuestra pueda llegar a comparársele. Sólo que, viéndose ante la nuestra también, ¿cómo puede en realidad el pobre señor Longdon escoger con cuál de las dos prefiere enfrentarse?
Ahora el pobre señor Longdon miró intensamente hacia Edward:
—Oh, con la del señor Brookenham, me parece, en cualquier momento y lugar. Incluso es con usted, lo confieso —le dijo a Edward—, con quien prefiero tener esa media hora a solas.