La edad ingrata
La edad ingrata —¡Concedido! —manifestó la señora Brook—. Le enviaré mi marido a usted. Pero nos hemos, ya sabe, como dice Van, hecho añicos —siguió mientras giraba su hermosa cabeza y miraba por encima del hombro a un oyente cuyo acercamiento a ella por la espalda, aunque era imposible que lo hubiera visto, visiblemente ella habÃa percibido en un santiamén—. Es tu casamiento, Mitchy, lo que ha ensombrecido nuestra antigua atmósfera brillante, lo que nos ha transformado más de lo que aún hemos advertido y lo que más crasa y horriblemente, mi querido amigo, te ha transformado a ti. Te acercas sigilosamente de un modo que le da escalofrÃos a una, mientras que en los buenos viejos tiempos siempre hacÃas tu irrupción con música y jolgorio. Adelántate hasta donde pueda verte: tal vez ya no me sea lÃcito amarte, pero al menos, espero, sà me será lÃcito mirarte. Dirige tus energÃas —continuó mientras la obedecÃa Mitchy— tanto como sea posible, por favor, contra nuestro aterido decaimiento. Echa leña al fuego y haznos apretujamos; ésta era nuestra mejor hora, bien lo sabes…, y tanto más cuanto que Tishy, según veo, está deshaciéndose de sus excedentes. Aquà vuelve el querido Van —concluyó—, derrotado, me parece, en su intento por arrancar a Nanda de su presa. ¿Nanda no quiere sentarse junto a esos pobres seres que somos nosotros? —le preguntó a Vanderbank, quien ahora, reuniéndose con Mitchy dentro del campo visual de todos, se quedó de pie junto a él y como poniéndose a las órdenes de ella.