La edad ingrata
La edad ingrata —¿Que yo sabÃa que están jugando…? —La señora Brook se mostró casi socrática.
—Verdaderamente hoy mi mujer está en vena —observó mientras tanto, sin resonancia, el señor Brookenham para Vanderbank.
—¡De veras brillante! —respondió Vanderbank.
—Pero es un poco atrevidilla, ya me entiendes —completó Edward tras una pausa.
—¡Huy, toda una traidora! —dijo su interlocutor con una breve risa reprimida que para un espectador habrÃa podido significar un súbito asombro ante tamaño destello analÃtico viniendo de quien venÃa.
Cuando en todo caso volvió a quedar libre la atención de Vanderbank, la anfitriona, aguijada, ya estaba describiendo el juego, como lo habÃa llamado ella, a que estaban entregados los ausentes:
—Ella ha escondido un libro y él está intentando encontrarlo.
—¿El juego del escondite? ¡Vaya, eso es algo bastante inocente, Mitch! —exclamó la señora Brook.
Hablando por vez primera, Mitchy la encaró con exacerbada tenebrosidad:
—¿Asà lo crees realmente?
—¡Eso es la inocencia de ella! —exclamó riendo la duquesa.