La edad ingrata
La edad ingrata —Cuando dices, queridÃsima, que no sabemos qué «hacer» con la aplicación de Aggie, ¿no tomas en ninguna consideración el modo como nos inclinamos ante la misma y la veneramos? No veo qué otra cosa podemos (aquà dentro) hacer con ella, aun cuando hemos colegido que, justamente ahà al lado, Petherton está hallándole otra diferente utilidad. Únicamente está a nuestro alcance hacer lo que buenamente podemos cada uno a nuestro modo. Por lo tanto no sucumbas, Jane, a la engañosa fascinación de un agravio. SerÃa una quimera. Nadie te ha infligido uno. La belleza de la existencia que tantos de nosotros hemos compartido durante tanto tiempo —y evidenció que era para el señor Longdon para quien más en particular pronunciaba estas palabras— radica precisamente en que nadie ha sufrido ninguno jamás. Nadie ha soñado que haya ocurrido nada semejante: habrÃa sido una grosera nota falsa, una nota de violencia incongruente. ¿Alguna vez tú has oÃdo hablar de algún agravio, Van? ¿Y tú, mi pobrecito Mitchy? Pero ya veis con vuestros propios ojos —remató con un suspiro y antes de que ninguno de los dos pudiese contestar— cuán inferiores nos hemos vuelto toda vez que, aunque sea para defendemos, hemos de recalcar tales cosas.
Mitchy, que durante un buen rato habÃa permanecido mirando hacia el suelo, ahora alzó su honda mirada saltona y estiró al máximo su cerrada boca.