La edad ingrata
La edad ingrata —¿No fue para eso para lo que me la prestaste? —demandó ella. Sin embargo tomó a requerir a su hija antes de que él pudiese contestar—: ¿Has leÃdo esta novela, Nanda?
—SÃ, mamá.
—¡Caramba, carambita! —exclamó el señor Cashmore, divertido y pasando las hojas.
A estas alturas el señor Longdon ya se habÃa llegado solemnemente hasta Tishy:
—Buenas noches.