La edad ingrata
La edad ingrata —Oh, no: todo lo contrario. —Como atemorizada por tan pública discusión, Tishy perdió ligeramente el hilo—: Se limitó a informarme…
—…¿del nauseabundo argumento? —gimió la señora Brook.
Se suscitó un eco tan reduplicador del carácter grotesco de este último intercambio, que hubo de transcurrir un minuto antes de que fuera posible oÃr decir a Vanderbank:
—La responsabilidad es enteramente mÃa por poner en circulación la desdichada obra. De todas formas —agregó bienhumoradamente y como para minimizar si no la causa por lo menos la consecuencia— creo estar de acuerdo con Nanda en que no es más inmoral que cualquier otra obra.
La señora Brook habÃa recuperado el volumen de las manos inertes del señor Longdon y ahora, sin echarle otra ojeada, lo ocultó tras la espalda con un desacostumbrado aspecto de rigurosidad:
—Oh, ¿cómo eres capaz de decir eso, mi querido amigo, respecto de una obra tan asqueante?
En esos momentos la discusión los habÃa juntado cara a cara.
—Entonces ¿tú la has leÃdo?
Ella vaciló, luego arrojó el libro sobre el asiento vacÃo más cercano, donde el señor Cashmore se apoderó de él sin pérdida de tiempo.