La edad ingrata

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—¡Pero no es la letra del señor Van! —La señora Brook casi sonrió ante la equivocación. Sin vacilaciones le alargó el libro al señor Longdon—: ¿Es la letra del señor Van?

Sosteniendo el disputado objeto, para examinar el cual se puso los quevedos, enseguida el señor Longdon, sin hablar, miró por encima de estos adminículos directamente a Nanda, quien le devolvió la mirada no menos directamente.

—Yo fui quien escribió el nombre del señor Van. —La mirada de la muchacha iba destinada al señor Longdon, pero sus palabras más bien a la concurrencia—. Yo me traje aquí este libro de Buckingham Crescent y lo dejé por casualidad en la otra habitación.

—Espero de veras, querida mía —replicó su madre—, que fuese por casualidad. Pero ¿para qué diantres te lo trajiste aquí? Es demasiado repulsivo.

Nanda pareció extrañarse.

—¿Lo es? —musitó.

—Entonces ¿no lo has leído?

Ella titubeó:

—Actualmente es muy difícil saber, pienso, lo que es repulsivo y lo que no.

—Se lo trajo aquí únicamente para que lo leyera yo —intervino seriamente Tishy.

La señora Brook semejó maravillarse:

—¿Nanda lo recomendó?


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