La edad ingrata
La edad ingrata —Cielo santo… ¿habrÃas podido soportarlo a él? —repuso el muchacho—. ¡Aunque ya me he convencido de que las mujeres son capaces de soportar cualquier cosa! —concluyó, profundo. Mientras tanto su madre, sobreponiéndose, habÃa comenzado a dejar escapar exclamaciones a propósito de las marcas en los brazos de Aggie; y a continuación Harold se vio distraÃdo de su propia meditación sobre lo que él «personalmente», como habrÃa dicho él mismo, no habrÃa sido capaz de soportar, gracias a una rauda mirada al trofeo de Lord Petherton, que él le arrebató sin pérdida de tiempo—: ¿La manzana de la discordia? —Lord Petherton lo habÃa cedido sin oponer resistencia, y Harold quedó absorto contemplando el forro—: ¡Córcholis, que me aspen si no lleva escrito el nombre de Van!
—¿El de Van? —Su madre estaba lo bastante cerca para arrebatárselo a su vez, tras lo cual encaró con celeridad al dueño del volumen—: ¡Querido amigo, es la última obra que me prestaste! Pero creo —agregó, volviéndose hacia Tishy— que yo jamás te traspasé semejante creación a ti.
—¡Fue precisamente el ver la letra del señor Van —explicó Aggie escrupulosamente— lo que me hizo pensar que servidora estaba en libertad de…!