La edad ingrata

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La pequeña Aggie, singularmente embellecida por una cascada de perlas, acogió aquello como si hubiese sido un guiño de complicidad:

—Sí, y ha sido auténticamente forzarme. ¡Pero claro está que —continuó con el más sonrosado buen humor y como si la señora Brook entendiese plenamente lo que ella quería decir— desde el instante en que una siente las garras de una persona, y casi los dientes, en su propia carne…!

Fue con poca facilidad, empero, como la atención de la señora Brook se desplazó de las perlas de Aggie a sus otros encantos; atalayándolas, de hecho, con tan insistente fijeza que Harold le hizo un rápido comentario sobre ello a Lady Fanny:

—¡Cuando la pobre de mamá se pone a pensar, ya sabes, que Nanda habría podido poseerlas!…

La atención de Lady Fanny, en cuanto a eso, las había eludido igual de escasamente:

—¡Pues me atrevo a decir que yo las poseería si las hubiese querido!


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