La edad ingrata
La edad ingrata —Ese es uno de los más hermosos servicios, en mi opinión —dijo la duquesa—, que un caballero puede prestarle a una muchacha a quien desee serle útil. Yo no digo que Petherton sepa siempre cuán hermoso es un libro, pero confÃo en él a ciegas para que declare cuán feo es.
El señor Longdon, que durante todo este rato habÃa permanecido sentado silencioso e inmóvil, abandonó su asiento al oÃr aquello, y de esa forma patentemente le facilitó a la señora Brook tanta justificación como ésta requerÃa. También ella se levantó, y este movimiento le permitió ver en la puerta de la habitación contigua algo que le arrancó una rápida exclamación:
—¡Pues ya puede comunicamos él mismo su dictamen… porque aquà vienen los dos! —Lord Petherton, entrando con excitación y seguido tan de cerca por su joven compañera que ésta dio la impresión de estar persiguiéndolo, agitó triunfalmente por encima de su cabeza un pequeño volumen forrado con papel azul. Ante la aparición de ambos hubo un movimiento general y, para cuando se hubieron unido a sus amigos, la concurrencia, empujando asientos hacia atrás y haciendo circular discretamente una variedad de gestos mudos, ya estaba de pie sin excepción—. ¡Mirad: la ha forzado a levantarse! —dijo la señora Brook.